Momentos de Baja California, temporada 1, episodio 5

Encuentros extraordinarios

 

«La vida no es un juego, amigo… La vida es el arte del encuentro»

Traducción: La vida no es un juego; la vida, amigo mío, es el arte de relacionarse.

Vinícius de Moraes, el renombrado poeta brasileño, describe magistralmente esos encuentros y las grandes encrucijadas de la vida que, como vientos repentinos, pueden revolucionar una existencia, abriendo de par en par las ventanas a futuros inesperados.

Mi estancia en Baja California fue un mosaico de encuentros: algunos que hubiera preferido evitar, pero otros fueron auténticos regalos. Enriquecieron mi vida con episodios inesperados, como joyas ocultas que brillan solo cuando menos te lo esperas.

Algunos encuentros fueron con personas, otros con otros seres vivos… y estos encuentros extraordinarios y conmovedores los tuve con los cactus.

 

La pequeña y diminuta, pero resistente, entre las rocas.

Era abril de 2016 y, por primera vez en las profundidades del desierto de Vizcaíno, acababa de terminar una noche muy fría, con temperaturas que habían bajado hasta los -5 °C, y me desperté y vi que había hielo en mi tienda de campaña.

Después de tomarme un café caliente, empecé a caminar, hipnotizado por la belleza de los colores del amanecer sobre las rocas rosadas. De repente, un toque de color me llamó la atención… allí, encajado en una estrecha grieta entre dos enormes rocas de granito, crecía un cactus.

Era diminuto, pero tenía una forma perfecta y simétrica. Sus espinas parecían una densa armadura, forjada en la privación. Y, sin embargo, contra todo pronóstico, estaba vivo, rebosante de energía.

Cactus resistente

Sus raíces habían desafiado lo imposible, abriéndose paso lentamente entre las piedras, luchando contra la dureza del mundo para hacerse con su espacio. Me agaché para observarlas de cerca, sin atreverme a tocar sus defensas.

En ese momento, reconocí el reflejo de mis propias luchas internas. Por aquel entonces, a menudo me sentía abrumado por el peso de las dificultades y, más de una vez, había dudado de si Baja fuera realmente el lugar adecuado para cultivar mis esperanzas. Quizás tenía demasiadas expectativas y había cometido demasiados errores…

Ese cactus no había elegido nacer en una prisión de roca. No había esperado a que se dieran las condiciones perfectas ni a un clima más benigno. Simplemente había aceptado su dura realidad sin rendirse y, de esa misma roca hostil, había sacado la fuerza para crecer hacia arriba.

En su escarpada cima asomaba un diminuto capullo rosado: un milagro de absoluta delicadeza, protegido por espigas afiladas y amenazantes. Me quedé allí un buen rato, contemplando ese fragmento de pura tenacidad.

Eso me enseñó que la resiliencia (una palabra de la que se habla tanto) no significa no sentir cansancio ni dolor.
Significa encontrar la manera de convertir el obstáculo en tu punto de apoyo.
Me levanté, con esa imagen grabada en mi mente.

El desierto ya no me parecía un lugar hostil, y había sembrado algo bueno para mi futuro.

 

Un antiguo testigo del paso del tiempo

El Toyota nos llevaba con paso firme. Con el paso de los años, había llegado a conocer bien aquellas tierras, pero esta parte de Baja California era nueva para mí. Era la primera vez que recorría esta ruta remota, sin rastro de vida humana durante horas. El objetivo era llegar al océano y pasar allí la noche.

Llevábamos horas conduciendo entre rocas esculpidas por el viento y matorrales espinosos cuando, de repente, el horizonte se abrió y el paisaje se transformó.

Allí se alzaba ante nosotros, como un guardián solitario: un gigante verde.

Era un cardón majestuoso, con sus ramas extendidas hacia el cielo azul cobalto.

Cactus Gigante 2

Apagué el motor y nos acercamos lentamente, casi con un temor reverencial y un profundo respeto.

Su piel correosa narraba historias increíbles que abarcaban al menos cuatro siglos: cuatro siglos de lluvias escasas, soles abrasadores y noches estrelladas. Sus profundas y oscuras cicatrices eran auténticos mapas de supervivencia.

Me detuve a sus pies y, al instante, me sentí infinitamente pequeño, frágil y, sobre todo, efímero en esta existencia.

El aire a su alrededor parecía de repente más fresco, casi sagrado.

Extendí la mano y rozé suavemente con los dedos su superficie áspera y endurecida. Sentí cómo fluía lentamente la savia: un latido verde, fuerte y primigenio.

En ese suave roce, el tiempo humano perdió todo su sentido… Ya estaba ahí cuando los barcos exploraron por primera vez estas costas remotas, y seguirá ahí (eso espero) cuando el viento haya borrado nuestras huellas.

Cerré los ojos y escuché la sabiduría silenciosa de aquel antiguo sabio vegetal... No hacían falta palabras para comprender su profundo mensaje: resistir las tormentas, crecer con paciencia y buscar siempre la luz.

Abrí los ojos por última vez para grabar profundamente ese momento mágico en mi memoria.

Nos dimos la vuelta para continuar nuestro viaje; el Toyota volvió a arrancar con un rugido, levantando una nube de polvo mientras dejábamos atrás al gigante, un guardián inamovible y eterno del desierto de Baja California.

En Roma, guardo como un tesoro una fotografía de esta maravilla.